La figura de la alfombra
La figura de la alfombra —Lo fueron. Los utilizó ella misma. Me dijo con sus propios labios que eran su «vida».
Apenas habÃa terminado de decir estas palabras cuando me arrepentà de haberlas pronunciado; se puso tan pálido que me sentà como si le hubiera dado un golpe.
—¡Ah, su «vida»…! —murmuró girándose para darme la espalda.
Yo estaba verdaderamente compungido; puse mi mano sobre su hombro:
—Le ruego que me perdone: he cometido una equivocación. Usted no sabe lo que yo supuse que sabÃa. Si hubiese acertado me hubiese podido hacer un favor; yo tenÃa mis razones para pensar que usted iba a poder satisfacerme.
—¿Sus razones? —preguntó—. ¿Cuáles eran sus razones?
Le miré cara a cara; dudé; estudié la situación.
—Venga a sentarse conmigo, y se lo diré.