La figura de la alfombra
La figura de la alfombra Mi visita a Bridges tuvo como consecuencia encaminarme en busca de algo más profundo. El Hugh Vereker que allí conocí tenía un trato tan libre de asperezas que enrojecí al pensar en la pobre imaginación que me había llevado a tomar mis mezquinas precauciones. Estaba de buen humor pero no porque hubiera leído mi crítica; el domingo por la mañana me pareció de hecho seguro que no la había leído pese a que hacía ya tres días que The Middle estaba en la calle y también, pues me aseguré de que así fuera, pese a que un ejemplar florecía en el agarrotado jardín de revistas que daba a una de las mesas de bronce el aspecto de un quiosco de estación. Su persona me pareció tan impresionante que deseé que la leyera, y con este fin corregí con mano subrepticia el montón de periódicos de modo que destacara el que me interesaba. Debería añadir que estuve incluso vigilando el resultado de mi maniobra; pero hasta la hora del almuerzo vigilé en vano.
