La fontana sagrada
La fontana sagrada —No juzgo muy considerado por parte de usted el no hablarme. —Me quedé mirando pasmado, y seguidamente reconocà su identidad gracias a su voz; tras lo cual reflexioné que ella habÃa debido de juzgarme la misma clase de asno que yo habÃa juzgado a Long. Pues ella era, según parecÃa, ni más ni menos que Grace Brissenden. Tuvimos los tres el vagón entero para nosotros solos, y viajamos juntos durante más de una hora, en el transcurso de la cual, sentado en mi rincón, tuve a mis compañeros frente a mÃ. Al principio nos pusimos a charlar un poco, y luego, a causa de que el tren —uno veloz— avanzaba imparable y bramaba correspondientemente, cejamos en el empeño de competir con la música de éste. Hasta entonces, empero, nos habÃamos intercomunicado uno o dos hechos que meditar en silencio. Brissenden iba a acudir más tarde: no es que, a decir verdad, eso fuese un hecho tan tremendo. Pero su esposa estaba informada, sabÃa de los muchos otros que acudirÃan; habÃa mencionado, mientras aguardábamos en la estación, gente y cosas: que Obert, pintor perteneciente a la Royal Academy, se hallaba en alguna parte del tren, que su propio marido iba a traer consigo a Lady John, y que la señora Froome y Lord Lutley también seguÃan esta portentosa nueva moda —y los sirvientes de ambos también, cual un único hogar— saliendo, viajando y llegando juntos. Mientras viajaba sentado me volvió a las mientes que cuando ella habÃa comentado que Lady John estaba a cargo de Brissenden, el otro componente de nuestro trÃo habÃa manifestado interés y sorpresa, los habÃa manifestado de un modo que habÃa hecho que ella replicara con una sonrisa—: ¿De veras no lo sabÃa usted?
