La Torre de Marfil
La Torre de Marfil Fuera o no por su apariencia, tan distinta de la del señor Gaw, la figura sostenida por almohadones en la habitación vasta y fresca, e iluminada de modo que el claro oeste, cada vez más hondo, parecía fluir hacia ella a través de un ancho ventanal, para realzar su efecto, impresionó a nuestro joven por lo voluminosa y expansiva, como de una dignidad blanda y hermosa; eso sí, similar al pariente de Rosanna, según le pareció al principio, en su disposición a mirar fijamente, más que a hablar. La señorita Goodenough se había demorado un tanto, por seguridad; pero luego lanzó, con un timbre de voz jamás usado ante los oídos de Gray en ningún cuarto de enfermo: “Bueno, supongo que no se liarán a puñetazos’ y los había dejado cara a cara, además de remover el aire con la libertad de su humor.
