La Torre de Marfil
La Torre de Marfil Sin embargo, no emprendió de inmediato el camino en busca de su vieja amiga; cuestiones distintas a la de buscarla de inmediato zumbaron durante la siguiente media hora en sus oídos; intervalo que empleó en proseguir su meditativo deambular por los jardines de su tío. Paseaba y se detenía de nuevo y miraba hacia delante sin ver; iba y venía y se sentaba en los bancos y en los repechos rocosos y volvía a levantarse y a caminar de nuevo; encendía cigarrillos sólo para fumar la cuarta parte y luego tirarlos y encender otros. Y se decía que estaba enormemente conmocionado; conmocionado como nunca antes en su vida, pero que, por extraño que pudiera parecer, esa condición le disgustaba mucho menos que lo que le habría hecho suponer la mera amenaza. Con todo, no le gustó lo suficiente para decirse: “;He aquí la felicidad!”… como sin duda no habría dejado de suceder si el efecto sobre sus nervios hubiese sido realmente de la misma clase que las ventajas que debía entender que su entrevista con su tío le había prometido; esto es, si es que aún quedaba algo por entender. La idea que le dejó la escena, más que quedar fijada, se expandió hasta convertirse en la impresión de una de esas grandes e insistentes fortunas que no son de este atormentado mundo; anomalía que, con todos sus elementos conspirando juntos, se expresaba con belleza y dignidad dignas de una gran página del arte literario, musical o pictórico. La enorme gracia del asunto, sin embargo, tendría que haberlo dejado, de algún modo, simplemente cautivado: eso, al menos, es lo que reflexionó mientras se demoraba allí, extrañado. Pero un exceso de armonía podría tener, aparentemente, el mismo efecto que un exceso de discordia, podría suponer en la práctica la negación de la idea de vida callada. Jamás había pedido silencio innoble: eso sí lo podía recordar con certeza; pero había algo en el tono con el que su tío garantizaba ciertas cosas, las que fueran, a la vez grandes y gratas, que parecía hacerlo cómplice de alguna presunción sin límites. ¿Acaso se había visto él alguna vez bajo una luz que hiciera parecer apropiado que lo grato fuera tan grande o lo grande tan grato? De pronto, al mirar el reloj y ver cuánto tiempo había pasado —tiempo ya, al parecer, de mantenerse más bien al margen y temblando?— se le ocurrió que lo último que se había propuesto en todo aquel asunto era asustarse, ya fuera en público o en privado; tras constatar lo cual volvió a apercibirse de la presencia de la señorita Mumby, que había salido de la casa con el aparente propósito de abordarlo y no estaba ya lejos. Un minuto después, se paraba ante él como si su destino dependiese más que nunca de ella, lo que no la hacía más reservada respecto al placer que aquello le causaba.
