La Torre de Marfil

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Horton estaba profundamente interesado; sus manos, un poco detrás de él, descansaban, como puntales de su ligera inclinación hacia atrás, en la piedra apropiada; sus piernas, extendidas ante él, le permitían afianzar un tanto sus talones en el suelo, mientras sus ojos, fijos en la franja de mar que se divisaba desde aquel retiro rocoso, dejaban ver una mirada firme y vívida. Fina de líneas y proporciones era su hermosa cara; lo que podía también decirse, punto más o menos, de su figura enjuta, ligera y alargada, aunque también afilada y redondeada. Sus rasgos, de un modo que les era característico, proclamaban una energía y componían un conjunto que su expresión parecía desaprobar, o hacia el que, al menos, se mostraba indiferente, lo que tenía el efecto de atenuarlo: como si hubiese sido consciente de que su nariz, con su muy airosa y potentísima curvatura (un gran acierto en sí), era demasiado audaz y grande para sus amistades; que su boca reclamaba, o al menos afirmaba, más de lo que él estaba dispuesto a respaldar; que su barbilla y mandíbula le daban una importancia demasiado falta, quizá, de tacto; y que sus finos ojos, sobre todo, que semejaban muestras escogidas de esa piedra más o menos preciosa llamada aguamarina, estaban demasiado dispuestos a oscurecerse con la fuerza de una mirada directa; por lo que la manera correcta de tratar este exceso de recursos terminó por ser, en su caso, la opuesta: el cultivo de todas las señales y garantías de que cualquiera podría tomarse libertades con él. Parecía andar continuamente diciendo que él no era, ni temperamental ni socialmente, lo que su propio estilo exagerado anunciaba, y que una constitución huesuda, por ejemplo, lo más diferente posible de la que por desgracia tenía que lucir, no hubiera estado menos en consonancia con su verdadera naturaleza que lo que, según procuraba mostrar, lo estaba con su conducta. Su boca rígida ostentaba, para visible alivio propio y admiración de la mayoría de los espectadores, un hermoso bigote atenuante; sus ojos vagaban y se aventuraban como asustados de su fijeza al mirar; su sonrisa y su risa hacían lo que fuera, podía casi adivinarse, por no ceder el terreno a nada menos grato; su barbilla se te imponía con una gracia casi equivalente a la pretensión, por absurda que pueda parecer, de que no hacía sino retroceder. Así se formaba uno la impresión (en el caso de que la imaginación de uno se avivase en su presencia) de que quizá prefiriese ser tan informe e inacabado como hacían por mostrarse tantos otros hombres monstruosos de los que pueblan estos climas, y no estar destinado a lucir una serie de rasgos acentuados que, por falta de sentido tras ellos, no podrían corresponder más que a una serie de carencias. El sentido que había tras la fachada de Horton Vint no guardaba relación alguna, según proclamaba sin cesar, con el hecho, en sí mismo importante, de ser guapo; lo que, ya de por sí, tenía un sentido humanamente sencillo y libre, que contribuía al aplomo de su persona en todo lo que pudiera derivarse del don de la oportunidad en un mundo gozoso, y cuya feliz apariencia era confirmada por la caprichosa y bastante irónica vuelta que la sociedad en la que se movía había dado a su nombre. Jamás podría haberse pronunciado y escrito “Haughty” si, más allá de azares superficiales, no se hubiesen reafirmado su encantadora e inteligente humildad y su sociabilidad. Vivía en una atmósfera de chiste, pero una atmósfera en la que los chistes malos no hacían gracia; y no podía haber chiste peor que considerar el mote como verdadero.


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