La Torre de Marfil
La Torre de Marfil Aguardó un momento y, si ella, inmediatamente después de sus palabras, no hubiera suspirado: “¡Dios mÃo, Dios mÃo!’ en un tono completamente distinto —es decir, mucho más serio—, hubiera quizá parecido que, por una vez, de higos a brevas, ella habÃa puesto en la mente del otro una idea que él no podÃa albergar. No podÃa albergar la idea de que tuviese la más mÃnima importancia el que ella se precaviera del modo mencionado, e inmediatamente después quedó sobreentendido que era imposible que ella hubiese llegado a desvariar hasta el extremo de pretender sugerir semejante cosa. Con suficiente rapidez afirmó que preferÃa que ella no fundara tan servilmente su interés por Gray en la autoridad de otro hombre… , dada la extraordinaria circunstancia de que ese otro hombre la tenÃa sometida a un hechizo que ni el tiempo ni la muerte habÃan logrado apenas mitigar. SÃ, estaba claro que habÃa algo en el difunto Northover que a uno le preocuparÃa que ella estuviese siempre sacándoselo a relucir. Ahà estaba, expuesta a los celos: los celos que él tenÃa del excéntrico fantasma de Northover; si es que la excéntrica no era ella, con su espÃritu aparentemente sometido a encantos sexagenarios. Él podÃa cuidar de ella, junto con Gray; estaban completamente de acuerdo en lo concerniente a Gray. Lo que verdaderamente podÃa distanciarlos, si ella persistÃa, serÃa que él quedara expuesto a ser comparado con el recuerdo de un inglés rococó con el que no habÃa manera de combatir. Y esa extravagante fantasÃa, al cabo de un minuto, habÃa proporcionado suficientes testimonios de que el aire que compartÃan habÃa vuelto a despejarse en cuanto volvieron a sentirse juntos de nuevo y supieron, una vez más, lo que tal cosa suponÃa; todo, bajo la sublime tangibilidad de las pruebas. Esa renovada conciencia quizá no aliviase en nada sus dificultades como tales, pero bastó para suscitar el interés, la diversión, la inmediata inspiración de hacerles frente: pues eso presuponÃa el elemento de ponerse también frente al otro, y de saber, y cada vez como si nunca antes lo hubiesen sabido, que aquello tenÃa una belleza absoluta. Jamás, sin la menor duda, habÃa tenido tanta como ahora, incluso cuando la libertad de ambos al respecto los habÃa conducido rápidamente, ante el asombro de Cissy, a considerar si una feliz relación con el amigo común de ambos (sin haberlo visto jamás, ya lo era también de ella) no incluirÃa la obligación de contar con alguna inevitable exigencia, algún sentimiento natural, que Rosanna pudiera alegar o disfrutar, por no mencionar el efecto que tendrÃa sobre Graham que esa muchacha se interesase por él y fuese la destinataria de semejante fortuna.
