La Torre de Marfil
La Torre de Marfil Horton Vint, tras ser recibido esa noche en casa del difunto señor Betterman, paseó por la habitación a la que fue conducido y esperó allí al amigo de sus años mozos de un modo muy parecido a como vimos a ese mismo amigo esperar en la inminencia de una crisis extraordinaria. Igual de acusada podría ser la sensación de crisis que ahora tenía Horton. Estuvo solo durante unos minutos, durante los cuales cambió de posición y dio vueltas y se permitió vagos y amplios movimientos y miradas vacías a objetos incongruentes —pues el lugar era tan espacioso como densamente provisto—, igual que, ante ese mismo panorama, los nervios y la imaginación de Gray Fielder habían buscado y encontrado consuelo en la hora de mayor inquietud que había vivido hasta entonces. También Haughty —así, al menos, hemos de suponerlo, en bien de nuestro interés— tenía imaginación y nervios, y tenía, a su manera, tanta materia de reflexión como lo que nos hemos permitido atribuir al sobrino del agonizante señor Betterman. Ya nadie agonizaba: todo eso había terminado, o habría de terminar, con el funeral; en cuanto al sobrino, era de suponer que estaba vivo y afrontando las grandiosas consecuencias (incluidos los preparativos para las exequias) con una intensidad que superaba toda experiencia anterior. De hecho, Horton supo asumir el aire de ser consciente de todo esto cuando Gray avanzó hacia él tendiéndole ambas manos. Le fue imposible no percibir la agitación que embargaba a la joven figura de negro que se le presentaba de ese modo, a pesar de que pronto fue inconfundiblemente invitado a notar que su visita y presencia tenían mucho que ver con esa agitación.
