La Torre de Marfil
La Torre de Marfil Después de almorzar, Rosanna volvió a encontrarlo sacudiendo su piececillo desde las profundidades de una silla de la terraza, pero ahora en su propio escenario y en un punto donde este rasgo particular del mismo, aquella galería fresca y alargada, dominaba el bajo acantilado verde y una parte del acceso directo a la casa junto al mar. Ella lo dejó entregado a la única clase de pensamiento de la que entonces era él capaz, completamente segura, y hasta qué punto, del curso que había de tomar; pues era ya cosa sabida que no abriría jamás un libro, ni buscaría conversación, ni daría un paso a modo de ejercicio, ni manifestaría la más mínima señal de una necesidad que satisfacer, por lo que su inactividad, un desentendimiento en el que quizá hubiera una pizca de seca animosidad, podía prolongarse sin interrupciones durante horas. Ella sabía lo que esperaba; y que, si ella no hubiese estado allí, viéndole, emprendería de nuevo el camino hacia la otra casa, donde su alegato de preocupación por el estado del viejo amigo bastaba para tranquilizarlo; y donde, además, como ella percibía ahora, la posibilidad de cruzarse con Graham Fielder podía compensarle. A ella le desagradaba la posibilidad de que él disfrutara de ese encuentro mientras ella se lo negaba a sus propios ojos; pero la conciencia de que ambos compartían una misma necesidad de emplear sus facultades le impedía dar expresión a sus opiniones. La ociosidad de ambos era tan penosa y estéril en ella, según ella misma no podía por menos que reconocer, como en él; y el cielo era testigo de que si el uno podía pasarse horas sentado con los ojos entornados, igual de flagrante era el caso de los paseos sin rumbo, las continuas e incurables circunvoluciones, que ella trataba de casar con unas presuntas muestras de “interés”.
