La Torre de Marfil
La Torre de Marfil Una y otra vez, durante las dos semanas que siguieron a la muerte de su tío, presente y futuro se le presentaron a nuestro joven como un extraordinario cheque en blanco firmado por el señor Betterman, y que, desde el momento en que lo aceptó, había de rellenar, según su parecer, su valor y su fe, con cifras monstruosas, fantásticas, casi cabalísticas, en las que le parecía que nunca llegaría a creer. Y lo prodigioso no era tanto el que, en diversas instituciones neoyorquinas, hubiera extraños depósitos de dinero en cantidades que, como macizos montañosos familiares, parecían comenzar en el horizonte azul y cernirse sobre él, haciéndose más y más grandes según se acercaba él o se acercaban ellas, hasta casi venírsele encima con su violáceo poder de satisfacer cualquier orden de pago contra ellas; no era el tono, el clímax de sequedad de aquel hombre seco entre los más secos, el señor Crick, cuya respuesta a toda estimación concreta de crédito era siempre: “Bueno, creo que lo he arreglado para que encuentre usted algo ahí”… Cosas así, por supuesto, eran ya por sí solas de cuento de hadas, y mientras duraron, por mil motivos pusieron dulcemente a prueba su credulidad. Pero fueron también, en comparación con otras que hubo, una fase más bien vulgar de la experiencia, a la que la repetición tendía a embotar.
