La Torre de Marfil

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No tenían más que salir de sus exiguos jardines, cruzar la avenida y avanzar hasta la reja del señor Betterman, trayecto en el que incluso ella, con los andares deliberados de una joven francamente corpulenta, no empleaba más que tres o cuatro minutos. De modo que, sin más preparativo que abrir una vasta sombrilla verde pálido —un pabellón portátil a cuyo alrededor revoloteaban flecos, volantes y cintas que lo asemejaban a un palanquín birmano, e incluso puede que a una pagoda—, enfiló su camino con estos aditamentos ondeando en medio del aire de agosto, el frescor matinal y la suave luz marina. Sus otras colgaduras, blancas y voluminosas, cedían a la suave brisa como lo harían las de un barco que refrena su velocidad y, sin embargo, mantiene las velas desplegadas: se ajustaban a su ley habitual de sugerir que aquella muchacha desceñida, grande y pesada, y eventual poseedora de los medios más caros y modernos para ser todo un figurín, se pasaba la vida, como decían de ella, en bata y vestido de tarde; por lo que, de no ser porque era indudable que disfrutaba de una salud de lo más grosera, podría pasar por una convaleciente que no ha logrado evadirse aún del recuerdo de las sábanas sucias.



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