La Torre de Marfil
La Torre de Marfil Las ventanas limpias y vacías, sin embargo, simplemente le parecieron otros tantos marcos vistosos a la espera de sus cuadros. Incluso las que se abrían al encantador día de Newport parecían decirle, a lo sumo, que nada había sucedido desde la noche anterior y que la situación todavía no había sufrido la alteración con la que ella soñaba. Como persona esencialmente indiferente a las formas —que, dado su propio porte, nunca le parecían a su medida, inadecuación que en muchos casos le resultaba ridícula—, rodeó la casa en vez de dirigirse al grandioso portal abierto (en el que sí que había espacio para ella) y, cruzando una franja de césped que conducía a la fachada del edificio que daba al mar, descansó allí de nuevo unos minutos. Buscó incluso, tras un instante, el apoyo de un banco elaboradamente rústico que dispensaba paz y contemplación, y desde el que podría rastrear el resto de la pequeña finca en pendiente: la hermosa vista, los grandes espacios marinos, la línea de la marea baja salpicada, a uno y a otro lado, de “casitas” todavía más costosas; y, sobre todo, el porche amplio y en penumbra del dueño de aquélla, que por entonces solía estar ocupado por su propio padre, al que ella veía ahora siempre al acecho, aunque ella misma, con esa candidez suya a la que era incapaz de renunciar, se hubiese confesado culpable de andar también al acecho, igual que él, en esos días de tensión.
