La Torre de Marfil
La Torre de Marfil Lo que Graham opinaba de su propio caso y de todas las conveniencias necesarias, desde el momento de su llegada, era que debía ponerse sin reserva a la inmediata disposición de su tío, y ni siquiera la aparentemente inexcusable conversación matinal con el doctor Hatch y la señorita Mumby, entonces la enfermera jefe, logró aligerarle la inmensa prescripción de delicadeza. Lo que averiguó distaba mucho de ser desconcertante; el paciente, sabedor de su presencia, se había mostrado apaciguado, no agitado; el cese de la tensión de la espera había tenido un efecto benigno; había repetido una y otra vez a su cuidadora que ahora que “el chico” estaba allí todo iría mejor, y había preguntado también con suave reiteración si éste tenía cuanto necesitaba. Se disponía ahora a disfrutar, en la medida en que la tenían, la feliz garantía de que los acontecimientos habían tomado el rumbo adecuado: iba a descansar dos o tres horas y a dormir, si le era posible, mientras Graham, por su parte, se procuraba un remedio similar, después de la indulgencia plena en la que tendría lugar el encuentro. De lo que el “chico” —que tenía treinta y dos años de edad y ahora se sentía como si hubiese vivido una docena más en las últimas semanas— derivaba la excelente certeza de que estaba haciéndole un bien a su tío y que, de alguna forma, para no romper la armonía, él también sentiría los efectos de un favor equivalente. La invitación, la decisión de éste, había estado por supuesto presidida por la idea de un prodigio de esta clase; pues el bien inminente y atento, para el cual uno no tenía más que abrir el corazón y la mano, siempre le había parecido tan ajeno a la sustancia de la vida que ahora, visto de cerca, no podía sino resultarle más prodigioso aún. Al mismo tiempo no había cosa que, por su carácter, temiese más que la tontería cariñosa, y se había impuesto desde el principio actuar en cada paso como si no tuviese en cuenta que se exponía a quedar en perfecto ridículo. Cierto que incluso un peligro como éste tenía su interés; para el proceso al que debía prestar su asentimiento no contaba con precedentes: pero su imaginación, gracias a Dios, se regía, en buena medida, por el principio de la curiosidad. Sin embargo, no se arrojaría al peligro, y se vanagloriaba de que, en cualquier caso, no reconocería sus síntomas demasiado tarde.
