Las alas de la paloma

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II

Esa impresión de las incógnitas relacionadas o independientes fue, sin duda, la que dominó al principio a nuestras ligeramente anhelantes norteamericanas y encontró su expresión en sus frecuentes afirmaciones de que no le debían nada a nadie. Milly confesó más de una vez: «¡De haber sabido lo fácil que era…!», aunque casi siempre dejaba la frase sin terminar. No obstante, a la señora Stringham no le importaba gran cosa si con eso quería decir que habría ido antes a Londres, cosa que no habría podido hacer, o si, por el contrario —nada más típico de ella— se refería a que no habría ido nunca; en cualquier caso, su amiga había empezado a tener su propia opinión sobre por qué le parecía tan fácil. De momento, Susie se la guardó para sí, pues de habérsela comunicado habría podido ser un poco turbadora; además las incógnitas que hemos dicho que rodeaban a las dos damas eran en muchos casos incógnitas de cosas y de otras cuestiones de las que hablar. La lección que aprendieron fue que las había atrapado la fuerza incalculable de una ola que las había alzado y podía estrellarlas cuando quisiera. Ambas, nos apresuramos a añadir, sacaron el máximo provecho de su precaria situación, y, si Milly no hubiese contado con más ayuda, habría encontrado mucha al ver el estado en que se hallaba Susan Shepherd. La joven no le dijo nada, hasta pasados tres días, del «éxito» anunciado por lord Mark, que tuvieron ocasión de constatar por otros modos; estaba demasiado absorbida y conmovida, por la propia exaltación de Susie, que brillaba con la luz de su fe justificada, pues todo había sucedido tal como quería, a pesar de haber sido lo bastante inteligente para considerarlo muy poco probable: había apelado a la posible cortesía de Maud Manningham —una cortesía que era sólo remotamente posible— y había recibido una respuesta que honraba a la naturaleza humana. Esos primeros días, los sentimientos de la señora de Lancaster Gate fueron para nuestras amigas como una fina capa de polvo dorado en suspensión que difuminara armoniosamente el horizonte. Las formas y los colores que asomaban por detrás eran nítidos e intensos: ya hemos visto lo mucho que destacaban para Milly, pero, en comparación, no había nada tan digno y sincero como la fidelidad de Maud a un sentimiento. Eso enorgullecía a Susie mucho más que la importante posición de su amiga en el mundo —que por otro lado era consciente de no haber evaluado aún plenamente— y hasta más que su condición de inglesa clara y confiada, en un sentido más mundano que casi era una revelación, sin apenas resonancias interiores pero con bellas resonancias exteriores.


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