Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

III

Milly compensó enseguida a Susie por cualquier concesión que hubiese tenido que hacer en privado ante aquellas tibias opiniones, pues las largas conversaciones nocturnas entre ambas abarcaban no sólo cualquier cosa ocurrida o insinuada en las horas que pasaban separadas, sino otras muchas cuestiones. A las cuatro de la tarde, si la ocasión lo requería, Milly podía mostrarse distante, pero con nadie hablaba con tanta libertad como con Susan Shepherd a medianoche. Además, deberíamos añadir cuanto antes que todavía no le había dado a su amiga —al cabo de seis días— ninguna noticia comparable al anuncio que le hizo ésta después de dar un paseo con la señora Lowder por el interesante parque de Battersea, para variar. Las dos amigas mayores habían ido al parque mientras las dos jóvenes se entregaban a fantasías más osadas en el admirable carruaje que había alquilado Milly en el hotel, la carroza más lenta, engalanada y absurda que había visto jamás, y eso que era dueña de varias cuadras notoriamente mal gestionadas; y en el curso de aquel circuito, repetido varias veces, había salido a «relucir», como dijo la señora Stringham, que las dos habitantes de Lancaster Gate conocían al otro amigo inglés de Mildred, el caballero relacionado con un periódico (Susie esperó antes de pronunciar su nombre) a quien había visto en Nueva York justo antes de emprender sus actuales aventuras. Por supuesto, su nombre había salido a relucir durante el paseo por el parque de Battersea, pues de otro modo no podría haberlo identificado; y Susie, antes de contribuir a la conversación con una especie de confesión, tuvo que dejar claro que se refería al señor Merton Densher, porque al principio Milly no pareció entender a quién se refería y ejerció cierto dominio de sí misma antes de comentar que era un caso sorprendente, una posibilidad entre un millón. Por lo que pudo deducir, tanto Maud como la señorita Croy lo conocían bastante bien, aunque la señora Lowder no se refirió a él como si fuese un amigo íntimo. Susie subrayó que ella no lo había sacado a colación: de hecho no lo había hecho ninguna de las dos; la señora Lowder tan sólo había aludido a un joven periodista conocido suyo que había viajado hacía poco a su maravilloso país —siempre decía «su maravilloso país»— enviado por su periódico. Pero la señora Stringham había continuado la conversación, con mucha delicadeza y ésa era la confesión: había admitido, sin ánimo de molestar a nadie, que el señor Densher era un conocido de Milly, aunque se contuvo antes de ir más allá. Afirmar que la señora Lowder se había quedado atónita era quedarse corta; luego ella también se había dominado; y, por un instante, ambas parecieron ocultarse algo.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker