Las alas de la paloma
Las alas de la paloma No necesitó imprimir ironÃa a sus palabras: cuanto más sencilla era su forma de hablar más irónico parecÃa. Pero ella siguió inmutable.
—¡Oh!, no puedo planear eso contigo y, si no rompes conmigo, no creo que debas preguntármelo. Tienes que hacer lo que puedas como mejor te parezca.
Él volvió a reflexionar.
—CreÃa haberte demostrado esta mañana que no hay nada más lejos de mi intención que romper contigo.
—Entonces —respondió Kate—, de acuerdo.
—¿De acuerdo? —sus ansias se inflamaron—. ¿Vendrás a verme?
Pero enseguida comprobó que no querÃa decir eso.
—Tendrás las manos libres, el campo despejado, una oportunidad… en fin, ideal.
—Tus descripciones —¡lo de «ideal» habÃa sido un toque maestro!— son prodigiosas. Lo que no entiendo es cómo puede gustarte, si me quieres.
—No me gusta, pero, gracias a Dios, soy una persona capaz de hacer lo que no le gusta.