Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Kate se incorporó muy despacio; era la primera vez que se movÃa desde que se sentó después de encender las velas.
—¿Estás tratando de insinuar que debo habérselo dicho yo?
Habló no tanto con resentimiento como con desánimo y él se apresuró a demostrar que lo habÃa notado.
—Mi niña, no estoy tratando de «insinuar» nada; pero estoy muy atormentado y no lo entiendo. Además, ¿qué tiene que ver ese animal con nosotros?
—Desde luego —coincidió ella.
Kate movió la cabeza como si hubiera encontrado, un minuto después, una leve disculpa para su sinrazón. Su gesto tenÃa —y sólo por ese motivo— esa dulzura no del todo coherente que a menudo le habÃa servido para imponer sus condiciones respecto a alguna diferencia. Era, en la práctica, lo mismo que estaba haciendo ahora y, en esencia, él lo sabÃa y lo aceptaba, pese a todo, como algo inevitable. Kate se quedó a su lado, con una paciencia que daba a entender que habÃa imaginado, cuando lo oyó hablar en tono suplicante, que se disponÃa a besarla. No fue asÃ, aunque sus súplicas no se acallaron por eso.
—¿Qué hacÃa, desde las diez de la mañana del dÃa de Navidad, con la señora Lowder?
Kate pareció sorprenderse.
—¿No te contó ella que vive all�
