Las Bostonianas

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Repetía esas palabras como si fueran parte de un catecismo aprendido de memoria, aunque Olive vio que ese tono mecánico era una especie de broma a la que no se podía resistir; habían repetido esa definición tantas veces en el pasado, y la señorita Chancellor no había dejado pasar una sola ocasión para recordarle lo que realmente era el triunfo. Y le fue fácil en esa ocasión probarle que el éxito propuesto por el señor Pardon era algo muy diferente: era solo una trampa, un homenaje a la vanidad y a la impaciencia, un medio cualquiera para hacerla capitular, mientras él a la vez se llenaba los bolsillos. Olive era lo bastante consciente de la incoherencia general de su amiga; había advertido cómo en ciertas ocasiones podía apasionarse seriamente por las cosas, y cómo, poco a poco, perversamente, aunque lo hiciera de una manera inocente, se volvía banal: precisamente como ahora, cuando trataba de convertir una de sus más sagradas fórmulas en una broma. Había casi terminado por reconocer, sin embargo, que no le importaba que Verena fuese exactamente como ella. Olive Chancellor era de una sola pieza mientras que Verena estaba hecha de muchos pedazos que tenían, en las soldaduras, algunas caprichosas fisuras por las que alguna vez chisporroteaba un burlón fuego interno. La sustancial diferencia entre ella y Verena se confirmaba en el hecho de que la joven considerara seductora la proposición que el señor Pardon le había hecho de hacerla vivir en una especie de exaltación permanente; en el hecho mismo de prestarle oídos al señor Pardon. Pero Olive decidió también en esa ocasión dejar pasar tales aberraciones, considerándolas propias de una fase de la juventud, y de la cultura de los suburbios, tanto más que aunque se esforzara por ser lo más indulgente que le era posible, Verena le reprochaba —hasta donde la incurable blandura de Verena pudiera emitir un reproche— de no serlo suficientemente. Olive no parecía entender que mientras Matthias Pardon le pintaba aquel cuadro y trataba de tomarla de la mano (la imagen no era afortunada), ella había podido contemplar largamente, a través de las puertas que él abría, el vivaz tumulto del mundo; y que luego había apartado la mirada solo por afecto a su amiga, dirigiéndolo hacia pruebas más austeras y un esfuerzo más puro; solo por amor a su amiga, bueno, y por toda la hermandad de mujeres esclavizadas. De cualquier manera el hecho era que Verena había realizado un sacrificio; y esta reflexión, al pensarlo mejor, le dio a Olive un sentimiento mayor de seguridad. Parecía sellar así el futuro, ya que Olive sabía que el joven periodista no se dejaría apartar fácilmente del camino y sin embargo estaba segura de que Verena nunca cedería a él.


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