Las Bostonianas

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Verena se levantó para ir a ponerse un sombrero; debía esperarla un poco. Aquella oferta había sido tan franca y cordial que le produjo una sensación desconocida, y él no podía saber que tan pronto como la joven la había hecho (aunque había dudado mucho, en un momento de intensa reflexión) se acusó de haber sido terriblemente incauta. Un impulso la había empujado, y ella lo obedeció con los ojos abiertos. Se sintió como se siente una muchacha cuando ha cometido su primera indiscreción; la joven no consideraba que hubiera cometido antes ninguna, las había cometido de perfecta buena fe y sin ninguna palpitación especial. Esta proposición aparentemente ingenua de dar un paseo por las facultades con el señor Ransom adquiría otro tinte, profundizaba la ambigüedad de su posición sobre un punto del que hablaré inmediatamente. Si Olive no debía saber que lo había visto, esta amplificación de la entrevista redoblaría su secreto. Y, sin embargo, mientras veía crecer aquel monstruoso pequeño misterio, no lograba que la mortificara la idea de salir con el primo de Olive. Como ya he dicho, se había puesto nerviosa. Fue a ponerse su sombrero, pero en la puerta de la sala se detuvo, se dio la vuelta y se enfrentó a su admirador con un súbito rubor en las mejillas:




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