Las Bostonianas
Las Bostonianas La hora que Olive le propuso a la señora Burrage, en una nota enviada muy temprano esa mañana, para la entrevista que había aceptado concederle, fue al mediodía en punto. Había propuesto aquella hora en previsión de muchos otros compromisos. Le hizo saber a la señora Burrage que no deseaba que le enviara el carruaje y recorrió la Quinta Avenida en uno de los ruidosos y repletos autobuses que circulaban por ella. Una de las razones para decidirse por las doce del mediodía había sido su conocimiento de que Basil Ransom se presentaría en el hotel de la calle Diez a las once, y (suponía que no permanecería todo el día) eso le daría la oportunidad de verlo llegar y retirarse. Se había convenido tácitamente entre ellas, la noche anterior, que Verena se sentía lo suficientemente firme en sus principios como para permitirse enfrentar aquella visita y que tal conducta resultaba más digna que evitar el encuentro. Este entendimiento se había transmitido de la una a la otra durante aquel mudo abrazo que ya he descrito y que tuvo lugar antes de que se separaran para ir a dormir. No eran todavía las doce cuando Olive, al salir, lanzó una mirada al amplio vestíbulo soleado donde, esa mañana, con todos los maridos ausentes y todas las esposas y las mujeres solteras dedicadas a arreglar algún asunto en la ciudad, un joven que deseaba mantener un debate con una joven podía disfrutar de todas las ventajas de la sociedad. Basil Ransom estaba aún allí; él y Verena, con todo aquel espacio a su disposición, permanecían de pie en el vano de una ventana, de espalda a la puerta. Como estaban de pie, Olive pensó que él estaba por retirarse, y cerrando la puerta suavemente se detuvo un instante en el corredor, para poder pasar a la parte trasera de la casa en el caso de que oyera sus pasos. Sin embargo, ningún sonido llegó a su oído; era evidente que él se proponía pasar allí el día entero, y que ella lo encontraría a su regreso. Salió del edificio aún a sabiendas de que la verían por la ventana cuando bajara las escaleras, pero sintiendo que no podía tolerar contemplar la cara de Basil Ransom. Mientras caminaba, con la vista fija hacia delante, en dirección a la Quinta Avenida, por la acera del sol, era apenas consciente de la hermosura del día, del clima perfecto, todo colorido y perfumado por la primavera, que a veces se posa sobre Nueva York cuando se calman los vientos de marzo; se hallaba sumergida en el recuerdo del momento en que ella había permanecido en la ventana (la segunda vez que fue él a visitarla en Boston) y observó a Basil Ransom pasar con Adeline… con Adeline que entonces le pareció capaz de conquistarlo, tarea en la que demostró ser tan ineficaz como en cualquier otra. Revivió la visión que había permitido que danzara delante de sus ojos cuando había visto a aquella pareja cruzar la calle, riendo y conversando, y cómo parecía interponerse frente a los temores que ya entonces —tan extrañamente— la acosaron. Ahora que Adeline había demostrado ser tan infructuosa, y que Verena, por el contrario, se había revelado como una figura magnífica, sentía cierta vergüenza; sentía haberse visto mezclada, aunque fuese marginalmente, en las razones que habían impulsado a la señora Luna a decirle tantas estupideces el día anterior; nada elevado podía surgir de todo aquello. En cuanto a las razones por las que había fracasado su infatigable hermana y que habían hecho que el señor Ransom siguiera su propio camino, Olive Chancellor, por supuesto, prefería no pensar en ellas.