Las Bostonianas

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XXXVIII

Olive pensaba que había conocido lo peor, como ya hemos percibido; pero lo peor era algo que no podía conocer, ya que Verena hasta esa ocasión había sido siempre muy reservada en relación con ese asunto, tan reservada como era locuaz sobre cualquier otro tema. El cambio que se había operado en el objeto de la implacable devoción de Basil Ransom después del episodio de Nueva York se podía resumir brevemente de la siguiente manera: las palabras que él le había dicho allá sobre su verdadera vocación, muy diferentes del vacuo y falso ideal que le habían impuesto tanto sus familiares como Olive Chancellor, aquellas palabras, las más efectivas y penetrantes que él hubiera jamás pronunciado, se habían depositado en su alma y allí trabajaban y fermentaban. Al final había llegado a creer en ellas, y en eso consistía la alteración, la transformación. Habían encendido una luz bajo la cual la muchacha se veía de un modo completamente nuevo y lo extraño era que a ella le gustaba más esa imagen que la que proyectaba, con exagerado encanto, bajo las viejas lámparas de las salas de conferencias. Verena no podía decirle eso a Olive, pues sería como descargar un golpe que llegaría a la raíz de todo, y la sensación terrible y deliciosa que experimentaba la llenaba de una especie de temor reverencial por todo lo que implicaba y presagiaba. Estaba a punto de quemar todo lo que había adorado; estaba a punto de adorar todo lo que había quemado. Lo más extraordinario era que aunque sentía que la situación era tremendamente grave, no experimentaba ninguna vergüenza por la traición que ella —sí, decididamente, ya para entonces tenía que admitirlo— preparaba. Se trataba solo de que la verdad había cambiado de sitio; aquella imagen radiante comenzó a mirarla a través de los ojos expresivos de Basil Ransom. Amaba, estaba enamorada… lo sentía en cada partícula de su cuerpo. En vez de haber sido constituida por la naturaleza para abrigar ese sentimiento en un grado excesivamente pequeño (cosa que estaba implicada en el meollo de su cruzada, y por eso había ofrecido su renunciación hacía tiempo a Olive) se daba cuenta de que por el contrario había sido creada para amar con la mayor intensidad posible. Se trataba en realidad siempre de la misma pasión; pero el objeto se había vuelto otro. Había creído hasta entonces que en su espíritu había una especie de doble llama, la mitad de la cual se dirigía hacia una amistad íntima con una persona verdaderamente extraordinaria y la otra se dirigía hacia los sufrimientos de las mujeres en general. Verena contemplaba estupefacta el polvo incoloro en que, en solo tres breves meses (a partir del episodio de Nueva York), se habían convertido sus antiguas convicciones; pensaba que el toque que había logrado producir aquel cataclismo debía de ser un toque mágico. Por qué precisamente Basil Ransom había sido designado por la suerte para provocar aquel encantamiento, era más de lo que ella podría decir… pobre Verena, ella que hasta hacía poco se jactaba de ser la única persona que poseía una varita mágica en el bolsillo.


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