Las Bostonianas

Las Bostonianas

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—¿Acostumbra a vestir de modo diferente a como ahora? —La señora Luna asumía un tono familiar, intolerablemente familiar.

Basil Ransom enrojeció ligeramente. Luego dijo:

—Oh, sí, cuando como fuera llevo habitualmente conmigo una escopeta y un cuchillo de caza. —Y acarició con gesto vago su sombrero, un sombrero negro y blando con la copa muy baja y las alas inmensas y rígidas.

La señora Luna quiso saber qué estaba haciendo. Lo hizo sentar; le dio las más amplias seguridades de que su hermana lo esperaba de verdad, y que se sentiría tan mal como solo ella podía sentirse —pues debía saber que era de tipo fatalista— si él no accedía a quedarse a cenar. Era una pena inmensa que ella tuviera que salir en esos momentos; en Boston era difícil salvarse de las invitaciones. También Olive tenía que ir a otro lugar después de comer, pero a él no debía preocuparle eso, y, tal vez, hasta le gustaría acompañarla. No se trataba precisamente de una recepción, Olive no iba a fiestas; era una de esas tétricas reuniones a las que era tan afecta.

—¿A qué clase de reuniones se refiere? Habla usted como si fuera un encuentro de brujas en el Brocken.

—Bueno, eso es precisamente; se trata de reuniones de brujas y magos, médiums, espiritistas y radicales fervientes.


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