Lo que Maisie sabÃa
Lo que Maisie sabÃa HabrÃa podido inferirse, por lo demás, que aquél era el sentido de una observación dejada caer por su padrastro —un dÃa lluvioso en que las calles eran todo charcos y ambos paraguas se mostraban enemistosos y nuestros paseantes habÃan buscado refugio en la National Gallery— mientras Maisie estaba sentada a su lado contemplando un tanto invidentemente un salón repleto de cuadros que con un suspiro de fastidio su padrastro habÃa calificado, dejándola muy desconcertada, como testimonios de una «superstición imbécil». Representaban —a base de retazos de dorado y cataratas de púrpura, de santos rÃgidos y ángeles angulosos, de feas vÃrgenes y niños aún más feos— extrañas plegarias y genuflexiones; conque al principio ella habÃa interpretado aquellas palabras como una queja contra las idolatrÃas devocionales, tanto más cuanto que en los últimos tiempos él habÃa estado asistiendo frecuentemente con ella y la señora Wix a las misas matutinas oficiadas en un lugar de culto seleccionado por la propia señora Wix, donde no habÃa nada parecido a lo que ahora veÃan: ninguna aureola sobre las cabezas, sino tan sólo, durante los prolijos sermones, seductoras espaldas rematadas por sombreros, a las cuales, como siempre comentaba posteriormente la institutriz, él prestaba la más intensa atención. De inmediato habÃa parecido aclarado, no obstante, que él se habÃa referido meramente a los pretendidos sentimientos de admiración suscitados por aquellas ridÃculas obras pictóricas: una admonición que ella acogió con la misma sumisión con que siempre acogÃa todas las palabras de él. No es preciso reproducir aquà el giro que aquello habÃa introducido luego en la charla de ambos: indudablemente su pasar a hacer referencias al gris cuarto de estudio y a la solitaria señora Wix fue efecto del exiguo interés despertado por los cuadros que ante sà tenÃan. A su peculiar manera Maisie expresó la verdad consistente en que actualmente ella ya nunca retornaba a casa sin el temor de encontrar desierto el templo de sus estudios y expulsada a la pobre sacerdotisa. Lo cual demostró que en ella habÃa una plena conciencia del peligro, y a modo de réplica a esto fue como pronunció Sir Claude, reconociendo el origen de aquel peligro, las confortadoras palabras a que al comienzo he hecho alusión:
