Lo que Maisie sabÃa
Lo que Maisie sabÃa —Mi querido muchacho, no me haga usted una escena; le aseguro que es lo mismo que hace toda mujer en quien fijo la mirada. Vayamos a divertirnos un rato, pues hace una mañana radiante: ponte encima algo bonito y vente a dar un paseo conmigo y entonces discutiremos el asunto con calma. —Cinco minutos después iban rumbo a Hyde Park; y ningún asunto que siquiera en los mejores dÃas en casa de su madre hubieran discutido hasta entonces, habÃa tenido la dulce tranquilidad de las inmediatas explicaciones de Sir Claude. Él nunca estaba tan brillante como cuando las daba y, a excepción de la señora Wix, era la única persona en el mundo, de las que ella conocÃa, que diera explicaciones. Con él, sin embargo, este acto tenÃa una potestad que estaba más allá de los alcances de la sabidurÃa femenina. Volvió a aflorar todo: todos los planes que siempre quedaban frustrados, todas las recompensas y obsequios que sempiternamente ella pagaba por adelantado y sempiternamente nunca llegaba a recibir; todos los enormes obstáculos que habÃa que encarar la obligaban incesantemente a tener que volver sobre la cuestión pecuniaria. Incluso ella misma casi era consciente de que la mayor prueba del ascendiente que Sir Claude tenÃa sobre ella, era que para apartar de su propio espÃritu la sensación de estar siendo estafada sólo hacÃa falta que él, con un simple gesto de sus labios sombreados por el elegante bigote, la disipara con un soplido. De alguna manera, en la misma naturaleza de los planes estaba el ser gravosos y en la misma naturaleza de lo gravoso estaba el ser imposible. El ser «embrollados» era parte de la esencia de los asuntos de todo el mundo, asà como también que en cada ocasión concreta estuvieran más embrollados que de costumbre. Tal habÃa sido el caso de los asuntos de Sir Claude, de los de papá, de los de mamá, de los de la señora de Beale y de los de la propia Maisie en la ocasión concreta —ocasión de varias semanas de duración— que habÃa transcurrido desde que nuestra pequeña se reinstalara en casa de su padre. No habÃa «ni un par de chelines» para nadie ni para nada, y ése era el motivo de que nada hubiera salido del proyecto de las clases de Literatura Francesa con todas las otras niñas tan listas. Era endiabladamente complicado, ¿no se daba ella cuenta?, intentar, sin tan siquiera el reducido capital antedicho, ponerla en contacto con una lejana grey que a partir de este momento ella deslumbrantemente describirÃa en su fuero interno como las hijas de los ricos. Desde ahora se iba a sentir como si estuviera aplastando su nariz contra las resistentes vitrinas de la confiterÃa del saber. Sin embargo, aunque las clases que eran selectas, y consiguientemente las únicas aceptables, fueran imposiblemente caras, las conferencias de las Instituciones —por lo menos las de algunas de ellas— estaban especialmente pensadas para los menesterosos inteligentes, y en consecuencia debÃa de ser aún más insalvable el motivo que habÃa impedido que la llevaran a alguna que otra. Este motivo, dijo Sir Claude, no era otro sino que muy pronto iban a llevarla, si bien nada tenÃa que ver con ese propósito el hecho de que ahora ellos orientaran su rumbo hacia las orillas de la Serpentina[13]. El parque de Maisie, situado al norte[14], les habrÃa quedado mucho más a mano, pero se dirigÃan en un cabriolé hacia el oeste porque en los deliciosos dÃas de finales de junio era aquélla la dirección que tomaban todos aquéllos que gozaban de algún rango de notoriedad. Durante una hora, en la Avenida y el Gran Paseo de Hyde Park, participaron de esta oportunidad de que todo observador se entretuviera y de que uno de ellos en particular, con no poco ánimo bromista, desconcertara a su compañerita; y antes de que hubiera transcurrido aquella hora Maisie suscitó, en respuesta a la más acuciante de sus requisitorias, una más detallada declaración en lo concerniente a la larga ausencia de su amigo—: ¿Que por qué he faltado tan deplorablemente a la palabra que yo te habÃa dado, haciendo una promesa tan solemne y luego no dejándome ver? Vaya, querida, ésa es una pregunta que, al no verme aparecer un dÃa tras otro, debes de haberle formulado a la señora de Beale con mucha frecuencia.