Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía Al día siguiente le pareció que Francia estuviera literalmente en el fondo: demasiado hundida, en escalofriantes abismos marinos, incluso para dejarle un recuerdo de la altura a la que, en el barco que atravesaba el Canal, se mantuvo Sir Claude y que de ningún modo había sido jamás tan grandiosa como cuando, bastante calado pese al toldo que los cubría, tuvo la gentileza de acoger en su regazo la cabeza de su hijastra y sobre su pecho la de la doncella de la señora de Beale. Cuando entraban en el puerto Maisie se sorprendió de enterarse de que habían disfrutado de un excelente viaje; pero tal sentimiento, ya en Boulogne, fue raudamente sofocado por otros, sobre todo por el gran éxtasis de una más plena visión del mundo. Estaba «en el extranjero», y se entregó a ello, vibró por ello, en la brillante atmósfera, ante las casas color rosa, entre las pescaderas de piernas desnudas y los soldados de rojos pantalones, con la instantánea certidumbre de tener una vocación. Su vocación era ver el mundo y encandilarse ante el espectáculo; al cabo de cinco minutos se había vuelto más adulta y para cuando llegaron al hotel había identificado en las instituciones y costumbres de Francia una multitud de afinidades y solicitaciones. Literalmente en el transcurso de una hora ella había pasado su iniciación: sensación ésta notablemente avivada por el papel superior que, tan pronto como hubieron engullido un desayuno francés —que de hecho representó una nota alta en aquel concierto—, se observó a sí misma asumir ante Susan Ash. Sir Claude, que había tenido tiempo de toparse con algunos conocidos y que, según dijo, tenía asuntos y cartas que despachar, las mandó a dar un paseo juntas, un paseo durante el cual la niña se cobró venganza, hasta donde lo exigía la justicia poética, no sólo de las estruendosas risas tontas en que había solido prorrumpir su compañera durante sus caminatas londinenses, sino también de todos aquellos años de su propia propensión a suscitar en sociedad la impresión de encerrar dentro de sí un exceso de ese algo extraño que tan errabundamente había parecido oscilar entre la inocencia y la perversión. De buenas a primeras, en Boulogne, aunque tal vez siguiera habiendo exceso, por lo menos ya no había oscilación; ella identificaba, entendía, rendía homenaje y tomaba posesión; notándose en sintonía con el entorno y posando la mano, a diestro y siniestro, sobre lo que había estado ni más ni menos que aguardándola a ella. Fue ella quien instruyó a Susan, quien se rió de Susan, quien sobrepasó a Susan; y en cierto modo fue la bobaliconería de Susan, que nunca anteriormente había visto tan clara, y el desconcierto y la ignorancia y el antagonismo de Susan, lo que les dio el más vívido realce a sus percepciones y asimilaciones inmediatas. El lugar y la gente formaban en conjunto todo un cuadro, un cuadro que, cuando bajaron a la amplia arena, resplandeció, en un millar de tonalidades, con la hermosa disposición de la plage, con la alegría de espectadores y bañistas, con la del idioma y el clima, y sobre todo con la de la situación sin precedentes en que se hallaba nuestra pequeña. Pues a ella se le antojó que desde el principio de los tiempos nadie había podido vivir tamaña aventura o, en una sola hora, tantísimas experiencias; como epílogo a lo cual únicamente le hizo falta, para sentir con consciente maravilla hasta qué punto había cambiado el pasado, oír a Susan expresar, enigmáticamente exasperada, su preferencia por Edgware Road[22]. Tanto había cambiado el pasado y tanto había sido rebasado el círculo que antaño éste formara, que aquella misma tarde, en el decurso de otro distinto paseo, ella se encontró inquiriéndole a Sir Claude —y sin el menor escrúpulo— si ya estaba en condiciones de decirle con precisión el momento en que partirían a París. La respuesta, debe reconocerse, le produjo un levísimo escalofrío:
