Lo que Maisie sabía
Lo que Maisie sabía Todas y cada una de las cosas que él había vaticinado se verificaron tan exactamente que al fin y al cabo no resultó sino lícito presumir que fuera a darse el mismo caso con las que había virtualmente prometido. Ellas pudieron comprobar cómo él había cumplido al pie de la letra sus compromisos, inclusive su mismísima garantía de que se hallaría algún modo de persuadir a la señorita Ash. Despertada con la aurora estival y vehementemente envuelta en la fascinación del exilio, Maisie volvió a tenderse en su lecho con una renovada admiración hacia la política de Sir Claude, un recordatorio de la cual, cuando más tarde se levantó para vestirse, centelleó desde la alfombra en la forma de una moneda de seis peniques que había rebosado del orgullo posesivo de Susan. En verdad, durante las cuarenta y ocho horas que siguieron, las monedas de seis peniques parecieron abundar en su vida: fantasiosamente computó el número de ellas representado por aquel periodo de «francachelas». Tal número no se vio reducido, advirtió bien pronto, por ningún plan de venganza ante la fuga de Sir Claude que por parte de la señora Wix habría podido tomar la forma de una negativa a participar de las comodidades que tan desprendidamente él había puesto a disposición de ambas. De hecho era imposible zafarse de dichas comodidades: en palabras de la propia buena señora era ridículo pasear a pie cuando se tenía un carruaje esperando a la puerta. En torno a ellas todo parecía esperar a la puerta: inclusive los mismísimos camareros cuando les traían los platos de los cuales, debido a una idéntica conciencia de la absurdidad de una obcecación en el rechazo, la señora Wix se servía con una abundancia que a Maisie le demostró que el rigorismo de su institutriz sólo era equiparable con su apetito. Para su compañerita dicho apetito daba fe de un buen número de cosas y en conjunto no constituía un menor testimonio del estado habitual de la señora Wix que del de aquel preciso instante. Estaba procurando resarcirse de muchas comidas no hechas, y resultaba conmovedor que en una etapa de escasez de comidas su pasión moral hubiera ardido con tamaña claridad. Se atiborraba de viandas como refugio contra el desánimo, y sin embargo esa misma posibilidad de atiborrarse se contaba entre los siniestros síntomas que la desanimaban. En resumidas cuentas se trataba de una batalla, donde triunfaban los bajos instintos, librada entre el rechazo a dejarse comprar y la anuencia a dejarse vestir y alimentar. De cualquier modo no se podía negar que la consolaba el cariz de la coyuntura en Francia: la consolaba hasta tal punto que dejaba a Maisie en libertad de dar por segura la tranquilidad y de dar por descartado cualquier peligro. Ése era el método de cumplir estrictamente la intimación de Sir Claude a ser «maja» con ella; ése era el método, asimismo, de soslayar, con ella, en un goce de los placeres de una estancia en el extranjero, cualquier vestigio de aprensión.
