Lo que Maisie sabía

Lo que Maisie sabía

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Después de que tomaron asiento todo fue distinto: el local no era el que estaba debajo del hotel, sino uno que había más adelante siguiendo el muelle; con amplios ventanales luminosos y un suelo rociado de serrín de una forma que a ojos de Maisie le imprimía algo del hechizo de un circo. Tenían prácticamente para ellos solos las pintadas paredes y los rojos bancos afelpados; éstos eran compartidos por sólo unos pocos hombres diseminados que se mondaban los dientes, con contorsiones faciales, ante mesitas desnudas, y en particular por un individuo anciano: un individuo ancianísimo con una cinta roja en el ojal, cuyo modo de mojar en el café los croissants con mantequilla y luego hacerlos desaparecer en lo poco que le quedaba de la zona comprendida entre la nariz y el mentón habría podido llenar a Maisie, en una ocasión menos intranquila, de admiración y aun envidia. También ellos tomaron su café au lait y sus croissants con mantequilla, de acuerdo con la decisión tomada por Sir Claude después de preguntarle si se sentía con fuerzas para aguantar hasta la hora del déjeuner con algo tan ligero en el estómago. A ella la alusión a esa comida le dio la visión, en el umbroso frescor rociado, de un establecimiento lleno de, tal como vagamente sintió, una especie de libertinaje modoso y compartido: el lugar de reunión habitual de aquéllos —la gente anormal, como ella misma— que se acostaban o se levantaban demasiado tarde: algo sobre lo que meditar mientras contemplaba al camarero de delantal blanco moverse con platos y fuentes con la misma pericia con que en Londres había actuado cierto prestidigitador a quien su amigo la había llevado a admirar en una revista musical. Al poco rato Sir Claude ya había vuelto a hablar, para contarle lo que le habían parecido estos días en Londres y lo nostálgico que se había sentido en ambos países; asimismo todo lo referente a Susan Ash y la diversión así como los trastornos que le había causado; luego todo lo referente al viaje de retorno y la travesía nocturna del Canal y la muchedumbre que viajaba y el modo como uno siempre se topaba con demasiados conocidos. También habló de otras cosas, en especial de lo que a su vez ella debía contarle sobre las actividades, durante su ausencia, de la señora Wix y su educanda. ¿Acaso no se lo habían pasado tan bien como él les había prometido? ¿Había exagerado en las disposiciones tomadas para que fueran tratadas bien? Maisie tuvo algo —no todo— que decir acerca del acierto de él y la gratitud de ellas; en su mente había un barullo que crecía a cada instante, que crecía debido a la conciencia de que nunca anteriormente lo había visto en aquel peculiar estado en que les había sido restituido.


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