Los Periódicos

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Tenían este fenómeno ante sí —el interés consumado— sentados ante la mal aderezada comida, servida con adminículos tan diferentes de los del dulce Chippendale (¡otra cuerda que el joven pulsaba justo con el efecto adecuado!), y hubiera costado decir si el invitado se hallaba en un primer momento más fascinado por el hechizo ejercido sobre la ciudad por el gran «ausente» que por el mantel deliciosamente áspero, la extraordinaria forma de los saleros o el hecho de que se encontrara allí al alcance de su vista, al otro extremo de la sala, la máxima autoridad de Londres en el tema de la vida interna del hampa, un hombrecillo silencioso con lentes azules y ostensible peluca. Sin embargo, Beadel volvió a emerger a la superficie y allí se quedó; estaba claro que Bight hubiera podido mantenerlo allí, de haber sido necesario que la muchacha se diera cuenta por fin de que era a ella a quien dedicaba el designio. ¿Y cuál era éste, de todos modos, ya que no podía ser nada tan sencillo como poner en evidencia a su desventurado visitante? Precisamente en el momento en que estaba viendo lo que todavía le quedaba por saber sobre Bight, ¿qué más tenía Maud que saber de Marshal? Maud acabó por resolver, y la apariencia de él lo corroboraba, que aquella efusión no era sino la forma que asumía una fiebre interior. Según esta teoría, la fiebre era el resultado de un último prurito de responsabilidad. El misterio de Beadel se había oscurecido tanto que era imposible de sobrellevar, hecho que sabrían más tarde. Entretanto, Bight estaba en la fase de alardear, precisamente porque le iba a resultar abrumador.


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