Los Periódicos

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—No, ciertamente. En el caso Beadel, no caería en el vacío. Eso creo que puedo garantizarlo. —Bight lo garantizó tanto que se recostó en el sillón e introdujo los dedos pulgares en las sobaqueras del chaleco irguiendo mucho la cabeza—. Lo que sucede es que Beadel es un lujo, digamos, desperdiciado. Y de manera tan clamorosa que uno llega a lamentar que nadie intervenga, lo digo en serio.

—¿Intervenir? —El invitado estaba pendiente de los labios de su interlocutor.

—Hacer las cosas mejor, vamos, hacerlo a derechas, como quien dice. Para, levantado el torbellino, capear el temporal. Aprovecharse del momento psicológico.

Marshal estaba de acuerdo, pero se quedó cavilando.

—¿Habla usted de la reaparición? Comprendo. Pero el hombre que reapareciera (al menos eso creo, o es que no le sigo) debería ser la misma persona que el que desapareció. De nada serviría que apareciera otro, ¿no?

Bight se quedó mirándolo con atención, como si se abrieran ante sí grandes posibilidades.

—No, a menos que esa persona apareciera con, digamos..., noticias sobre él.

—Pero ¿qué noticias?

—Arrojando luz, cuanto más cruda mejor, en las tinieblas.

Aportando los datos de la desaparición, ¿no comprende?


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