Los Periódicos
Los Periódicos La prensa diaria se les presentaba como ese nido arropado entre las ramas que se agitan mientras los pájaros surcan los aires buscando el sustento de sus crÃas. Era para ellos un receptáculo que debÃa su configuración a un instinto —como consideraban al periodÃstico— más extraordinario que el del animal más organizado. ExigÃa que se fueran depositando, regularmente y sin desfallecer, colaboraciones, cabos sueltos, grano para alimentar el molino, todo digerible y transformable, todo transportado con pico veloz y alas, a menudo, agotadas. De no haber existido los periódicos hubieran sido inconcebibles dos jóvenes del tipo al que aludimos, dos compañeros fortuitos, inocentes y cansados —pero aun asÃ, de una acuidad que frisaba la penetración— que, acabada la ronda de cervezas, apartaban las jarras y los platos y apoyaban los codos en la mesa hasta que se encontraban con la terrible elocuencia de la cuenta. Maud Blandy bebÃa cerveza —puede decirse que no le hacÃa ascos— y fumaba cuando la intimidad lo permitÃa, aunque ponÃa el lÃmite en el punto preciso, del mismo modo que se jactaba de saber ponerlo, periodÃsticamente hablando, en lo que respectaba a otras finuras. Ciertamente puede decirse que era producto del dÃa, y tanto era asà que podÃa haber nacido cada dÃa, completando su ciclo vital, como sucede con algunos insectos efÃmeros, al dÃa siguiente. Era como si el pasado se hubiera malgastado en ella y no hubiera un futuro que le pudiese encajar. La verdad es que ella misma, al menos en lo tocante a sus grandes preocupaciones, era una «edición especial», un número extra de esos que salen a las horas de bullicio, que viven su vida entre el estrépito de los vehÃculos, el ir y venir de las aceras y el griterÃo de los chicos que vocean las portadas de acuerdo con la dosis exacta de escándalo que conviene propalar a los cuatro vientos, la cantidad necesaria que es preciso administrar —según el voluble temperamento de Fleet Street— a los nervios de la nación. Maud era, en suma, un número de escándalo, con faldas, en plena calle, en el club, en el tren de las afueras o en una casa humilde; aunque ha de decirse paladinamente: las faldas no eran algo esencial en ella. Y ésta era una de las causas, en una época de «emancipaciones», de su intensa actualidad, asà como, a buen seguro, de una buena fortuna, a la que, por muy impersonal que Maud se considerase, no estaba en situación de saber hacer justicia plenamente: el don de poseer de modo innato esos ademanes de chico la salvaba de quedar en situación desairada al arrellanarse en las butacas o abrirse camino a codazos. De ella podÃa decirse literalmente que habrÃa agradado menos —u ofendido más— si se hubiera visto obligada, o inducida, a afirmar —no sin cierta vanidad, desde luego— que estaba por encima del sexo. La naturaleza, su propia constitución, la contingencia, llamémoslo como nos plazca, la habÃan aliviado de este cuidado. Porque lo cierto era que la lucha por la vida, la competencia con los hombres, el gusto imperante, la moda del momento, la habÃan hecho superior, o, en todo caso, de veras indiferente, y no le costaba mantenerse en esa situación. Y esto lo lograba con la ayuda de una extremada llaneza personal, paso decidido y simplicidad de intenciones, sin aspavientos, sin una gracia ni una mÃnima inconsecuencia o recordatorio extraviado que interfiriese con este logro; y no serÃa descabellado decir que este logro —nos referimos a la sencillez del personaje— nunca hubiera sorprendido tanto como en los momentos de fortuita camaraderÃa con Howard Bight. Porque si las señas personales del joven no dejaban ver especÃficamente la impronta, como las de su amiga, de una fase evolutiva, podÃa en cambio no ser definido como tan violenta y rozagantemente varonil como para eclipsar a Maud en el espectáculo.