Los Periódicos

Los Periódicos

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

VI

Fue diabólico por parte de Bight, que se aprestó a responder que explicaría gustoso quién era cada cual, y Maud percibió esto con mayor nitidez cuando su amigo, quitando importancia a lo que restaba del espectáculo que temporalmente habían abandonado, aconsejó que lo sacrificaran a cambio de un nuevo escenario. Se le veía demasiado respecto a su víctima, y Maud no pudo sino preguntarse qué se traía entre manos. En el peor de los casos podía tratarse de una broma pesada: urdir, ya sentados en la mesa, identidades apetecibles para los mediocres parroquianos que los rodeaban. Porque nadie, en el lugar que más frecuentaban, poseía una identidad medianamente apetecible, nadie era nada, nadie era nadie. Por lo visto, formaba parte de la esencia vital en aquellos términos —los términos, al menos, a que Maud quedaba reducida— que las gentes que la poblaban no pudieran siquiera depararse mutuamente curiosidad, no digamos ya envidia o admiración. Por tanto, hubiera deseado que el importuno interviniera un poco, hubiera deseado ponerle en guardia contra la celada; pero caminaron juntos a lo largo del Strand y lo abandonaron para internarse por una próxima calle adyacente por la que subieron sin que Maud despegara los labios. Tenía la impresión de que Bight trataba de impedirlo: su charla superficial arreciaba mientras conducía a la oveja al matadero. La conversación había saltado al tema del pobre Beadel: Maud se vio sorprendida de que su amigo hiciera que, en un momento dado, casi con violencia, la conversación tomara ese rumbo, dejándola de este modo sin prácticamente nada que decir. La gente que la rodeaba no podía suscitar la menor curiosidad, pero él siempre era una llamativa excepción. A la postre, Maud guardó silencio sin dejar de preguntarse qué andaría buscando, si bien, a la vista de la reacción del invitado, podía suponerse que lo había encontrado. Lo que había conseguido —y, para colmo, ella también— era la más acabada ilustración de los estragos de la pasión; tal era el sublime entusiasmo con que Marshal acogía la proposición, malévolamente lanzada, de que en cualquier asunto extraño o aprieto en que Beadel pudiese hallarse, siempre sería algo que, después de todo, interesaría poderosamente al público. ¡De qué manera tan insidiosa y desmañada defendía Bight este argumento!


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker