Otra vuelta de tuerca

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La cuestión estaba prácticamente zanjada desde el momento en que yo no le seguí. Era lamentable rendirse a la agitación, pero el ser consciente me daba fuerzas para sobreponerme. Simplemente me quedé sentada sobre la tumba y traté de interpretar en toda su intencionalidad lo que había querido decirme mi joven amigo; y para cuando hube comprendido todo su sentido, también había aceptado, por inhibición, el pretexto de que me avergonzaba dar a mi alumno y al resto de la congregación aquel ejemplo de retraso. Lo que me dije fue, sobre todo, que Miles me había sonsacado y que, para él, la prueba era precisamente este embarazoso desmayo. Me había sonsacado que había algo de lo que estaba muy asustada y que probablemente sería capaz de utilizar mi miedo en su favor para ganar mayor libertad. Mi miedo se refería a tratar el insoportable problema de las razones de su expulsión del colegio, pues eso no era más que el problema de los horrores que se ocultaban tras la expulsión. Que viniera su tío para hablar conmigo de estas cosas era una solución que, rigurosamente hablando, ahora hubiera debido desear; pero yo era tan incapaz de afrontar la fealdad y lo penoso de todo aquello que me limitaba a darle largas y vivir al día. Para mi profunda confusión, el muchacho tenía razón y estaba en condiciones de decirme: «O bien aclara usted con mi tutor el misterio de la interrupción de mis estudios o bien deja de contar con que lleve con usted una vida tan anormal para un muchacho.» Lo que me resultaba anormal en él era esta súbita revelación de su conciencia del problema y de sus planes.


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