Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca Sin embargo, el verdadero tormento vino cuando la señora Grose se hubo ido e inmediatamente la eché de menos. De haber previsto cómo iba a sentirme al estar sola con Miles, comprendí enseguida, todo hubiera ido mejor. En realidad, ninguna hora de mi estancia en Bly fue tan propensa a las aprensiones como aquella en que descendí las escaleras para enterarme de que el carruaje con la señora Grose y mi alumna ya había salido del parque. Ahora, me dije, estaba cara a cara con los elementos, y durante buena parte del resto del día, mientras luchaba contra mi debilidad, llegué a sospechar que había sido sumamente imprudente. El lugar era mucho más hermético de lo que yo suponía; y mucho más cuando, por primera vez, aprecié en el aspecto de los demás un confuso reflejo de la crisis. Lo ocurrido les había despertado la curiosidad; la repentina medida de mi colega era bastante inexplicable, por mucho que quisiéramos explicarla. Criadas y sirvientes estaban desconcertados, lo que me estropeaba los nervios; luego comprendí que era necesario invertir el efecto. En resumen, que precisamente evité el naufragio total empuñando el timón; y me atrevo a decir que aquella mañana me comporté de un modo muy solemne y muy severo. Asumí de buena gana la conciencia de tener mucho que hacer e hice que se supiera, así como que, una vez abandonada a mis propias fuerzas, me sentía especialmente animosa. Durante una o dos horas anduve por todas partes con este estado de ánimo y, no me cabe duda, con el aspecto de estar al borde de un ataque de furia. Sin embargo, debo confesar que iba desfalleciente.
