Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca —SÃ, yo la cogÃ.
Ante esto, con un gemido de placer, lo abracé y lo acerqué contra mÃ, y mientras lo apretaba contra mi pecho, donde sentÃa el tremendo pulso de su corazón mezclado con la repentina fiebre de su cuerpecito, mantuve los ojos sobre lo que habÃa en la ventana y lo vi moverse y variar de postura. Lo he comparado con un centinela, pero su momentánea y lenta rotación fue por un instante muy similar al acecho de una fiera. Mi valor era tal que lo sentà surgir de mà como una llama. En tanto, de nuevo surgió en la ventana el rostro vidrioso, el canalla, que miraba fijamente como si vigilara y esperase. La misma seguridad de que ahora estaba en condiciones de desafiarlo, asà como la positiva certeza, hasta entonces, de que el niño no se habÃa dado cuenta, me hicieron proseguir:
—¿Por qué la cogiste?
—Para ver lo que usted decÃa de mÃ.
—¿Has abierto la carta?
—SÃ, la he abierto.