Otra vuelta de tuerca
Otra vuelta de tuerca Pero él se había dado la vuelta de golpe y miraba fijamente, congestionado de nuevo, sin ver otra cosa que el día apacible. Con la sorpresa de aquella ausencia, de la que tan orgullosa estaba yo, Miles dio un grito de criatura arrojada al abismo, y el manotazo con que lo recuperé bien pudo ser la forma de atraparlo a mitad de la caída. Lo cogí, sí, lo sujeté, es fácil imaginar con cuánta pasión; pero al cabo de un minuto empecé a percatarme de lo que realmente tenía entre mis brazos. Estábamos solos, el día era apacible y su pequeño corazón, desposeído, había dejado de latir.