Otra vuelta de tuerca

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Lo que había dicho a la señora Grose era bien cierto: en la situación que le había planteado existían posibilidades y profundidades que yo no tenía fuerzas para analizar; de modo que, de nuevo ante la duda, estuvimos de acuerdo en que nuestra obligación consistía en resistir a las fantasías extravagantes. Debíamos no perder la cabeza, aunque fuese lo único que mantuviéramos firme, por difícil que eso pudiera resultar al hacer frente a lo menos discutible de nuestras prodigiosas experiencias. Más tarde, aquella noche, mientras la casa dormía, tuvimos otra conversación en mi cuarto; entonces me acompañó por todo mi periplo hasta quedar fuera de dudas que yo había visto lo que había visto. Para tenerla bien cogida, se me ocurrió que bastaba preguntarle cómo, de haberme inventado las apariciones, hubiese podido hacer un retrato detallado y con todos los rasgos definitorios de cada una de las personas que se me habían aparecido, un retrato ante el cual ella los había reconocido y nombrado inmediatamente. Desde luego, ella deseaba —¡poco se la puede culpar!— enterrar todo el asunto y yo me apresuré a asegurarle que mi personal interés se había decantado repentinamente por buscar el procedimiento de eludirlo. Le opuse el argumento de que ante la repetición —pues dábamos por segura la repetición—, me acostumbraría al peligro, afirmando con claridad que de pronto mi riesgo personal se había convertido en la menor de mis preocupaciones. Lo insufrible era mi nueva sospecha y, sin embargo, esta complicación se había ido aliviando en las últimas horas del día.


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