Washington Square
Washington Square Lo que Morris por fin le había dicho a Catherine era, sencillamente, que la amaba o, mejor dicho, que la idolatraba. En realidad ya lo había dado a entender sobradamente, pues en cada una de sus visitas lo había insinuado a las claras. Pero ahora lo certificaba con promesas de amante y, como memorable señal de todo ello, había pasado un brazo por la cintura de la muchacha y la había besado. Esta feliz certeza llegó antes de lo que Catherine esperaba, y la muchacha la recibió, muy comprensiblemente, como un tesoro incalculable. Cabría incluso dudar de que en algún momento hubiese confiado en poseerlo; no lo había esperado y nunca se había dicho que tarde o temprano habría de llegar. Como ya he tratado de explicar, Catherine no era ni exigente ni ambiciosa. Tomaba de día en día lo que se le ofrecía y, si la deliciosa rutina de las visitas de su enamorado, que le procuraba una felicidad en la que confianza y timidez se entreveraban de un modo extraño, hubiera concluido de pronto, por la razón que fuera, no sólo no se habría tenido por abandonada, sino que ni siquiera habría sufrido un desengaño. Después de que Morris la besara, la última vez que estuvo con ella, como inequívoca garantía de su devoción, Catherine le rogó que se marchara, que la dejase sola, que le permitiese pensar. Morris se marchó, no sin antes besarla de nuevo. Pero las reflexiones de Catherine carecían de coherencia. Seguía sintiendo los besos en sus labios y en sus mejillas mucho tiempo después, y esta sensación era un obstáculo, más que una ayuda, en sus meditaciones. Le habría gustado poder representarse la situación con toda claridad, decidir cómo debía actuar si, tal como se temía, su padre le decía que no aceptaba a Morris Townsend. Pero lo único que alcanzaba a ver con alguna nitidez era lo insólito que resultaba que alguien pudiese no aceptarlo; que en tal caso tendría que haber algún error, algún misterio que no tardaría en resolverse. Pospuso el momento de decidir y de elegir. La idea de tener un conflicto con su padre la llevaba a bajar la mirada y a quedarse muy quieta, conteniendo el aliento, a la espera. Le aceleraba el pulso; le causaba un dolor atroz. Cuando Morris la besaba y le decía aquellas cosas, también se le aceleraba el pulso, pero entonces era peor, y Catherine se asustaba. Pero ese día, cuando Morris habló de hacer algo, de seguir un plan, tuvo la sensación de que estaba en lo cierto y respondió con sencillez, sin vacilación.