El loco de Dios en el fin del mundo
El loco de Dios en el fin del mundo —La fe no es tener respuestas —me dijo uno de los sacerdotes que viajaba con nosotros—. Es tener la humildad de no exigirlas siempre.
Esa noche, escribí en mi libreta: “Tal vez no necesito creer. Tal vez basta con que alguien crea por mí. Y que esa fe me roce, me toque, aunque no me pertenezca.”
El Papa siguió su viaje, su misión, su cruzada de ternura por un mundo descreído. Yo, por mi parte, seguí escribiendo, anotando, intentando entender qué me había pasado. Tal vez nada. O tal vez lo único que importa: la posibilidad de abrirse a lo imposible.
El viaje terminó, pero la frase quedó. Me acompañó de regreso, cruzando husos horarios y paisajes, como un eco obstinado: “Con toda seguridad.”
De vuelta a casa, todo parecía igual. Las calles, los cafés, mis libros. Pero algo en mí había cambiado, aunque fuera apenas una vibración imperceptible. No era fe. No era conversión. Era otra cosa. Una grieta. Una posibilidad.
Intenté racionalizarlo, como siempre hacía. Pensé que tal vez solo se trataba de una emoción intensa, de una necesidad de consuelo. Pero cuanto más lo pensaba, más entendía que esa respuesta del Papa no tenía que ver con la lógica. Tenía que ver con el corazón.
