El loco de Dios en el fin del mundo
El loco de Dios en el fin del mundo No era mucho. Pero era algo. Tal vez lo único que podía llevarme de ese encuentro.
Mongolia había quedado atrás, pero algo en mí seguía allí. En ese horizonte sin muros, en ese silencio sagrado. Lo sabía: no volvería siendo el mismo que partió.
No creía. Pero ya no podía burlarme de la fe.
Volví a mis rutinas, a mis libros, a mis palabras. Pero cada frase que escribía ahora parecía interrogada por aquella otra, dicha sin grandilocuencia por el Papa: “Con toda seguridad.” Era una afirmación que no pretendía convencerme, solo acompañarme. Y en esa modestia radicaba su poder.
Intenté cerrar el cuaderno del viaje muchas veces. Pero siempre encontraba una razón para abrirlo de nuevo. Una imagen. Una pregunta. Una escena. El Papa acariciando la cabeza de un niño mongol. Un anciano que le regalaba su único rosario. Una monja que traducía la ternura a través de la pobreza.
—Dios está en los márgenes —decía Francisco.
Y yo, sin creer en Dios, empezaba a entender por qué decía eso.
