El loco de Dios en el fin del mundo
El loco de Dios en el fin del mundo Mi madre creÃa. Yo no. Pero, al morir ella, me dejó una pregunta que me taladraba la cabeza: —¿Volveré a ver a tu padre?—. No me lo preguntó con palabras, sino con la mirada. En ese instante supe que el dolor de su pérdida era un abismo, pero el miedo de no reencontrarlo en el más allá lo era aún más.
Desde entonces, esa duda —si hay algo después— se convirtió en mi herida secreta. Y en mi obsesión.
No soy creyente. Lo digo sin arrogancia. No me falta la fe, me sobra razón. Sin embargo, el vacÃo que deja la muerte no se llena con argumentos, y empecé a preguntarme si tal vez me equivocaba, si la creencia de mi madre tenÃa más sentido que todo lo que yo habÃa construido con palabras.
Mi vida es escribir. Y escribir ha sido mi manera de creer sin creer. La literatura como sucedáneo de la fe, como intento de fijar lo efÃmero, de salvar algo del naufragio. Por eso, cuando recibà aquella invitación del Vaticano, lo primero que pensé fue que se habÃan equivocado. No era posible. ¿Por qué yo? ¿Qué hacÃa un escritor descreÃdo, escéptico y ateo recibiendo una carta sellada con las armas del papa?
—Le escribimos de parte del Santo Padre. Nos gustarÃa invitarle a acompañarlo en su próximo viaje a Mongolia.
