El loco de Dios en el fin del mundo
El loco de Dios en el fin del mundo Mongolia. El fin del mundo. Un paÃs sin católicos apenas, donde el Papa iba a llevar su mensaje a los márgenes más extremos del planeta. ¿Y yo? Yo, un tipo que no pisa la iglesia ni para bodas, iba a ir en su avión, a compartir su intimidad, a observar su misión como un espectador privilegiado.
Acepté. No por fe, sino por la pregunta. QuerÃa mirar a los ojos al Papa Francisco y preguntarle lo que no me atrevÃa a formular en voz alta: —¿Mi madre verá a mi padre? ¿Hay esperanza más allá de la carne? ¿Es todo esto algo más que un teatro vacÃo?
Y asÃ, con ese deseo oculto, con esa duda que no me dejaba dormir, empecé a preparar el viaje. No solo a Mongolia, sino a lo más profundo de mà mismo. Porque este no era un reportaje ni una crónica. Era una peregrinación del escéptico. Un viaje al corazón de lo que nunca me atrevà a creer.
Todo comenzó con un correo que parecÃa salido de una novela de espionaje. El remitente era real, pero el contenido tenÃa el tono de una alucinación: —El Papa quiere que lo acompañes a Mongolia. En su avión. Durante cinco dÃas. Observa, escucha, escribe si quieres—.
