El loco de Dios en el fin del mundo
El loco de Dios en el fin del mundo Mongolia no es un destino. Es un salto al vacío. Una vastedad de cielo y tierra que parece no pertenecer a este siglo ni a esta historia. El Papa había elegido ese lugar porque allí la Iglesia era casi invisible. Y, sin embargo, Francisco quería hacerla presente.
Desde el primer momento en el avión papal, su presencia irradiaba algo diferente. Cercano, accesible, pero también insondable. Un hombre que parecía cargar el peso de siglos, y al mismo tiempo reír con la ligereza de un niño.
Durante el vuelo, me limité a observar. Era uno más entre periodistas, obispos, miembros de la curia. Nadie parecía entender del todo qué hacía yo allí. Tal vez ni yo mismo lo sabía.
Al aterrizar, la impresión fue brutal. Ulán Bator, la capital, se alzaba entre la estepa y los restos del comunismo soviético. Las yurtas tradicionales convivían con rascacielos a medio construir. El frío era seco, cortante. La espiritualidad flotaba en el aire como polvo.
Allí, Francisco fue recibido por una minoría casi fantasmal de católicos. Apenas unos miles. Pero su mensaje era claro: —La fe verdadera se cultiva en los márgenes—. Y Mongolia era el margen del margen.
