El plan maestro
El plan maestro A medida que profundiza, Javier empieza a tener sueños recurrentes. En ellos, Fovel aparece, pero no habla. Solo señala obras. Obras que Javier aún no ha visto en el mundo físico. Obras que parecen existir en un plano intermedio. Comprende que la próxima etapa no será racional. Será intuitiva. Y que el arte, en su nivel más profundo, es un espejo del alma… o una llave.
El códice de los iniciados no es un objeto. Es un estado mental. Una forma de mirar. Y él está a punto de abrir la puerta.
El viaje conduce a Javier a Roma. El Vaticano, epicentro del arte sagrado y los secretos mejor guardados, se convierte en el escenario inevitable. A través de contactos que prefieren mantenerse en la sombra, logra acceso a una colección privada que contiene obras no exhibidas al público. En una pequeña sala, un fresco sin firma lo golpea: representa una figura humana atravesando un umbral de luz, guiado por sombras aladas. No hay nombre, ni autor, pero en su base se repite un símbolo que ya ha visto en la cueva de Hornos, en el Louvre y en el códice de París.
—¿Qué es esto? —susurra.
—Una instrucción —responde un custodio—. Una de las llaves del mundo intermedio.
