No traiciones a mi corazón
No traiciones a mi corazón Una tarde, mientras revisaban las barricadas junto a los muros exteriores, Reina tropezó con un pedazo de madera suelta. Ranulf la sostuvo antes de que pudiera caer.
—Deberías tener más cuidado, milady —dijo él, su tono burlón suavizado por algo más.
Ella apartó la mirada, sus mejillas encendidas.
—No necesito que me protejas.
Ranulf sonrió, pero no la soltó.
—Tal vez no. Pero por ahora, me necesitas.
La lluvia finalmente cesó esa noche, dejando el castillo cubierto por un manto de niebla. Desde las almenas, Reina miraba las estrellas apenas visibles. En el horizonte, las sombras de un nuevo ejército comenzaban a formarse.
Sabía que las batallas físicas no eran las únicas que tendría que librar. En el centro de todo, estaba Ranulf, un hombre que parecía tan peligroso como el enemigo que acechaba en las colinas.
El amanecer trajo consigo un respiro efímero. Los hombres se reorganizaban, las barricadas crecían y las lecciones de Ranulf convertían a los inexpertos defensores de Claydon en algo que, con suerte, podría parecer un ejército. Pero entre el fragor de las tareas diarias, un pulso constante de tensión latía entre Reina y el guerrero que ahora parecía haberse adueñado de su castillo.
