No traiciones a mi corazón
No traiciones a mi corazón El amanecer llegó con el olor a lluvia mezclado con hierro. El ataque era inminente, pero en el interior del castillo de Claydon la tensión no provenía únicamente del enemigo en las colinas, sino de la traición que había sembrado desconfianza entre los suyos. Theo permanecía inconsciente en una de las cámaras superiores, sus débiles respiraciones un recordatorio de que alguien en el castillo había decidido apuñalar no solo a un joven inocente, sino a todo lo que Reina intentaba proteger.
En el salón principal, Reina enfrentaba a Ranulf, su voz cargada de ira apenas contenida.
—Si no encontramos al traidor, estamos muertos. ¿O piensas que podemos enfrentarlos mientras nos apuñalan por la espalda?
Ranulf, apoyado contra una mesa, no apartó la mirada.
—Cualquier hombre que traiciona a su hogar suele hacerlo por dos razones: miedo o avaricia. Pregúntate a quién le has dado motivos para temerte o a quién no le has dado suficiente para quedarse.
Reina cerró los ojos un instante, sus manos temblando de frustración.
—¿Y qué propones? ¿Que torture a cada hombre hasta que confiese?
Ranulf se incorporó, cruzando los brazos.
