No traiciones a mi corazón
No traiciones a mi corazón —¡Sostengan la línea! —gritó Ranulf, mientras un grupo de arqueros enemigos intentaba rodearlos.
La lucha se prolongó durante horas, pero al caer la tarde, los invasores comenzaron a retroceder. Las puertas del castillo, aunque dañadas, resistieron. Reina bajó de las almenas, su vestido cubierto de polvo y ceniza, para encontrarse con Ranulf en el salón principal.
—Hemos ganado esta batalla, pero no la guerra —dijo ella, su voz firme aunque sus ojos revelaban el cansancio.
Ranulf, sentado en una silla con su espada descansando sobre sus piernas, asintió.
—Tu castillo está mal defendido, y tus hombres carecen de entrenamiento. Si no hacemos cambios, el próximo ataque será el último.
—Y supongo que tú tienes todas las respuestas —replicó Reina, irritada por su tono autoritario.
Ranulf la miró fijamente, su expresión dura como el granito.
—Tengo lo que necesitas para sobrevivir. Pero si prefieres jugar a la noble orgullosa, adelante. Veremos cuánto tiempo dura tu orgullo cuando estén arrasando este lugar.
Reina sintió que la rabia hervía en su interior, pero también sabía que él tenía razón.
—Haz lo que debas —dijo al final, dándole la espalda.
