Fanny Hill
Fanny Hill A mi doncella la había despedido el día anterior, no sólo porque me la había proporcionado el señor H… sino porque sospechaba que, de algún modo, ella había sido la causa de que yo fuera descubierta, quizás como venganza porque yo no le había confiado mi secreto.
Pronto llegamos a mi nuevo alojamiento, que si bien no estaba tan bien amueblado ni era tan esplendoroso como el que había dejado, era igualmente cómodo y a la mitad de precio, aunque en el primer piso. Mis baúles fueron subidos e instalados en mi apartamento, donde mi vecina y nueva gobernanta, la señora Cole, estaba lista para recibirme en compañía de mi casero, ante quien se cuidó de pintarme con los colores más favorables; o sea, como a una persona de quien se podía esperar que pagara el alquiler con regularidad; todas las virtudes cardinales atribuidas a mí no hubiesen tenido ni la mitad del peso de esa recomendación.
Ahora estaba instalada en un alojamiento propio, abandonada a mi propia conducta y libre en la ciudad para hundirme o nadar, según pudiera, en la corriente; las consecuencias, junto con el número de aventuras que me acaecieron en el ejercicio de mi nueva profesión, serán la materia de otra carta, porque, seguramente, ya es hora de poner punto final a ésta.
Quedo de vos, humilde servidora, etc., etc., etc.
FIN DE LA PRIMERA CARTA