Fanny Hill

Fanny Hill

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Como en aquella época mi carácter no poseía una extremada delicadeza de sentimientos, debo confesar, en mi perjuicio, que quizás acepté con demasiada rapidez una proposición que repugnaba a mi candor y a mi ingenuidad, pero no tanto como para contradecir las intenciones de alguien a quien había abandonado la dirección de todos mis pasos. Porque la señora Cole, no sé cómo, a menos que fuera por una de esas invencibles simpatías que forman los lazos más fuertes, especialmente en las amistades femeninas, había ganado posesión de mi persona. Por su parte, pretendía que un notable parecido que imaginaba ver en mí con la única hija que había perdido cuando tenía mi edad, era el primer motivo de que se hubiese encariñado conmigo. Podría ser: existen motivos de afecto igualmente frágiles que, volviéndose fuertes a causa del hábito y la simpatía, se han demostrado con frecuencia más sólidos y durables que los que se funden en razones más fuertes; lo que sé es que aunque sólo la conocía por haberla visto en mi casa, cuando vivía con el señor H…, porque ella había ido a enseñarme unas cofias, se había insinuado gradualmente en mi confianza hasta que me arrojé ciegamente en sus manos y llegué, finalmente a respetarla, amarla y obedecerla implícitamente. Y para hacerle justicia, nunca recibí de sus manos más que sinceridad, ternura y cuidados, cosa muy poco corriente en las de su profesión.


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