Fanny Hill
Fanny Hill En el vestÃbulo exterior o, más bien, la tienda, habÃa tres jovencitas, modestamente dedicadas a trabajos de sombrererÃa que cubrÃan el tráfico de otros artÃculos más preciosos; pero hubiese sido difÃcil hallar tres criaturas más hermosas. Dos de ellas eran extremadamente rubias y la mayor no tendrÃa más de diecinueve años; la tercera, de la misma edad, era una picante morena cuyos chispeantes ojos negros y perfecta armonÃa de rasgos y forma hacÃa que no tuviera nada que envidiar a sus rubias compañeras. También sus vestidos estaban cuidadosamente diseñados, aunque parecÃan lo contrario, siendo de un gusto correcto y uniforme y de una elegante simplicidad. Éstas eran las chicas que componÃan el pequeño rebaño doméstico que mi gobernanta dirigÃa con sorprendente orden y destreza, considerando la casquivana liviandad de las chicas una vez que han perdido los frenos. Pero es cierto que ninguna continuaba en su casa si después de un adecuado noviciado era considerada intratable o poco dispuesta a aceptar sus reglas. De esta forma, habÃa formado insensiblemente una pequeña familia amorosa, cuyos miembros hallaban grandes ventajas en una rara alianza del placer con el interés y una necesaria decencia exterior con una secreta libertad sin lÃmites, en las que la señora Cole, que las habÃa elegido tanto por su carácter como por sus encantos, las gobernaba con ventajas para ellas y para sà misma.