Sigo siendo yo
Sigo siendo yo Y en algún rincón de su alma, Lou empezó a comprender que, en Nueva York, el precio de pertenecer era, a veces, perderse a uno mismo.
Todo se vino abajo más rápido de lo que Louisa pudo anticipar. Una noche, un evento caritativo en el club más exclusivo de la ciudad fue el principio del fin.
Lou, nerviosa por estar rodeada de tanta opulencia, aceptó de mala gana el vestido que Agnes le había prestado, una pieza de diseñador que parecía gritar que no pertenecía allí. Josh, impecablemente vestido, la acompañaba, radiante, como si todo en su vida estuviera perfectamente orquestado.
Pero bajo la luz mortecina de las lámparas de araña, la ilusión se rompió.
Mientras Agnes se esforzaba por encajar entre las demás esposas, Lou vio cómo las miradas afiladas y los susurros hirientes se acumulaban a su alrededor como cuchillos invisibles. Fue entonces cuando Tabitha, fría y precisa, lanzó la primera estocada: acusó a Lou de traicionar la confianza de su familia, sugiriendo que se había involucrado románticamente con Josh mientras aún estaba vinculada sentimentalmente a Sam en Londres.
—No puedes jugar a dos bandas en esta ciudad, Louisa —le dijo Tabitha, sus palabras tan heladas como el aire de invierno.
